lunes, 05 de marzo de 2007

BODA FUJIMORI-GARCÍA

Por Cesar Hildebrant. Qué vergüenza: el Perú le comunica a la OEA su insatisfacción por el fallo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), que condenó al genocida japonés por la masacre de senderistas rendidos en el penal Castro Castro. Qué culpa tiene el tomate si el genocida japonés encarnaba, en ese momento, al Estado del Perú, país que liberó de boca para afuera un argentino, de facto un venezolano y –según dicen algunos– del yugo boliviano de Santa Cruz el mismísimo general Bulnes, de Chile.
El Apra le hace pasar al país el desdoro de protestar por una sentencia indiscutible, que sanciona un acto de terrorismo de Estado perpetrado por el más nauseabundo gobierno que el Perú haya conocido, un país (el nuestro) generoso en parir monstruosidades.
Quedamos como una republiqueta gobernada por somocistas, trujillistas, pinochetistas.
Y lo que somos, en realidad, es una republiqueta gobernada por apristas-fujimoristas, es decir apristas chinochetistas, apristas agusanados por el mal francés que Haya depositó para siempre en la herencia de los descendientes de Barreto, el búfalo.
Esa sífilis moral ha empujado al Apra a aliarse con lo peor de sus antiguos enemigos, como trató de hacer con el urrismo del fascista Luis Flores (ver el libro de documentos desclasificados por Thomas Davies y Víctor Villanueva: Secretos electorales del Apra), como hizo con el odriismo en 1963 (para impedir la reforma agraria de Belaunde) y como está haciendo ahora con la cleptocracia fujimorista.
El Apra es un manual vivo y exitoso del arte de la traición, entendido este arte como entrega al oficio de perdonar al que te acaba de llamar ladrón (¡y es que, de pronto, tenía razón!), de olvidar tus promesas, de lapidar tus tesis, de dilapidar tus síntesis, de crearte un espacio-tiempo histórico de chicle para que puedas tener siempre una coartada, de cambiar tu alma por un camaleón en tecnicolor, de reconciliarte con los asesinos de tus antecesores, de hacer lo que menos esperaba la justicia, de hablar como Cicerón y actuar como Tirifilo y, en suma, de entender el destino como una eterna vuelta en U, incluyendo la vuelta en U del tren de los sobornos, que ahora vuelve.
Por eso a nadie debe extrañar que García y Fujimori hayan contraído, luego de la venérea que a ambos infecta, nupcias. Fujimori, que es como Pearl Harbor pero en persona, tendrá ahora que competir en capacidad de traición con Alan, legítimo heredero del talento de Haya para la infidelidad. Será un duelo de titanes amigos.
A ambos los une la urgencia de amnistiarse recíprocamente, de combatir a las ONG de los derechos humanos para protegerse, de salir de la CIDH para cubrirse, de desprestigiar a Paniagua y al sistema de corrupción para limpiarse y de volver a servir de huaipe a la derecha como siempre fue su propósito. Que los dos, Fujimori y Alan, son la misma Perricholi con diferentes bragas: ambos para el todo servicio de este virreinato vitalicio que es el Perú. Y con cama adentro, por supuesto.
Yo no sé por qué Somos y Gente, la gran revista del Perú de Fujimori, no han cubierto la boda de Alan y Alberto, con lo que se hubiera divertido la gente viendo a tanto wildeano compañero lanzando puñados de arroz y haciendo pucheros de emoción.
P.D. Que conste: en esta columna, hace meses, denunciamos que García era cada vez más aliado de Fujimori. Nos alegra que hoy algunos analistas respetables compartan de algún modo ese punto de vista.

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